En 41 minutos, alguien vació 70 millones de dólares en bitcoin de casi mil doscientas carteras a la vez, sin tocar un solo dispositivo ni engañar a un solo usuario. Cinco días después las pérdidas rozan los 130 millones, hay al menos quince ladrones distintos trabajando en paralelo y el robo sigue en marcha. Todos comparten una misma marca de cartera fría - y un fallo que llevaba cinco años dormido.
*Última actualización: 4 de agosto de 2026. El incidente sigue activo y las cifras cambian a diario.*
Las carteras de hardware (cold wallets) son la base de la autocustodia en cripto: desconectadas de la red, guardan las claves privadas al margen de internet y, en teoría, ponen el patrimonio del usuario fuera del alcance de un atacante remoto. Esta semana esa tesis se ha roto, y lo ha hecho mostrando una de las flaquezas del software open source.
El 30 de julio de 2026, en 41 minutos, se vaciaron 1.082 bitcoins - unos 70 millones de dólares - de 1.196 direcciones. El patrón, identificado por la firma de análisis Galaxy Research, apuntaba a semillas generadas por dispositivos Coldcard, fabricados por la empresa canadiense Coinkite. Cinco días después, las pérdidas confirmadas superan los 1.596 bitcoins - más de 100 millones - repartidos en unas 7.300 direcciones, y una cuarta oleada sin confirmar podría elevarlas hasta los 130 millones. El ataque continuaba mientras se escribían estas líneas. El 4 de agosto, Galaxy calculaba que hay ya al menos quince atacantes distintos vaciando carteras de forma simultánea. Lo que empezó como un incidente, se ha convertido en una carrera abierta. Y entender por qué son quince, y no uno, es entender todo el caso.
El fallo, en una frase
Para crear una cartera segura, un dispositivo Coldcard debe generar su frase de recuperación, a partir del generador de azar por hardware que lleva su microcontrolador - una pieza física diseñada para producir aleatoriedad imposible de reproducir desde fuera. Un error de compilación introducido en marzo de 2021 hizo que, en multitud de dispositivos de ese fabricante, el sistema ignorase esa pieza y usara en su lugar un mecanismo de respaldo por software, que no producía azar real: partía de datos internos del propio chip que no son secretos.
El resultado son semillas que parecen aleatorias pero salen de un repertorio minúsculo. Donde debería haber 128 «bits de entropía» - una forma de medir cuánto azar hay - quedaron unos 40 en los modelos más afectados. Traducido: en lugar de elegir entre un océano de posibilidades astronómico, el dispositivo escogía dentro de un charco de poco más de un billón. Enorme para una persona, trivial para un ordenador.
Lo mas grave es que ese error estuvo cinco años dormido, en código público, hasta esta semana.
La lotería cuyo bombo viene con las instrucciones
La mejor forma de entender el problema, y por qué están apareciendo nuevos atacantes, es una analogía.
Imagina que alguien descubre un fallo garrafal en la lotería nacional: por un defecto de la máquina, el premio siempre cae dentro de un grupo de solo mil números, en lugar de entre todos los posibles. Saberlo, por sí solo, no sirve de nada. Si nadie te dice cuáles son esos mil números, sigues sin poder ganar.
Aquí está la clave del caso Coldcard, y lo que lo separa de la lotería: el software de Coldcard es de código abierto. Cualquiera puede leer su firmware entero. Y ese firmware no solo contiene el fallo - es la receta que genera los mil números. No es que alguien sepa cuáles son y se los calle. Es que las instrucciones exactas para producirlos están publicadas, a la vista de todos, desde 2021.
La analogía correcta, entonces, es esta «Hay un fallo en la lotería. El premio sale siempre de mil números. Y, además, aquí tienes el manual completo de la máquina que los genera: móntala en tu casa y saca la lista entera esta tarde.»
Con esa segunda frase ya no necesitas saber nada más. Te calculas tú la lista. Eso es lo que significa que la mecánica esté en código abierto: descubierto el fallo, cualquiera con conocimientos medios reconstruye el charco de claves, lo cruza con los saldos públicos de la cadena de bloques y cobra.
Por eso basta con que un primer atacante demuestre que el sistema es vulnerable para que los demás sigan. No hacen falta que quince personas redescubran el fallo cada uno por su cuenta: hace falta uno que abra la puerta y catorce que sepan leer un manual que siempre estuvo ahí. De hecho, los analistas no pueden distinguir en la cadena si detrás de cada oleada está el mismo operador reconstruyéndose o uno nuevo machacando el mismo espacio de claves: la puerta está abierta para todos a la vez.
La transparencia que rompe las tres defensas
Aquí es donde el caso deja de ser «hackearon a Coldcard» y se vuelve interesante. Ante un fallo de seguridad, un fabricante tiene tres cartas que jugar: reparar, avisar o guardar el secreto el tiempo justo para protegerse. En un incidente normal, al menos una funciona. En este, la misma propiedad - el código abierto, la transparencia - inutiliza las tres a la vez.
Reparar no salva a nadie. Coinkite ha publicado firmware corregido para toda la gama. Pero actualizar el dispositivo solo protege las semillas *futuras*: el número malo ya se generó, y ningún parche lo puede rehacer. Las carteras ya creadas siguen expuestas hasta que su dueño mueva los fondos a una semilla nueva, a mano, una por una.
Avisar ayuda al ladrón tanto como a la víctima. Coinkite tardó unas treinta horas en emitir su primer aviso, y es tentador reprocharlo. Pero hay que tener en cuenta que , al vivir el fallo en código público, avisar «¡hay un problema en las semillas de Coldcard!» alerta por el mismo canal, al mismo tiempo, a la víctima y al oportunista. Y no reparte la ventaja a medias: el atacante solo tiene que lanzar un proceso automático que barre carteras a velocidad de máquina; la víctima tiene que enterarse, entender que le afecta, preparar un dispositivo nuevo, verificarlo y mover sus fondos - horas o días de personas que quizá ni está mirando el móvil ese día, confiados en la seguridad del sistema. El aviso corre a favor del que va más rápido, y el que va más rápido suele ser el ladrón. No hay una respuesta fácil a como y cuando debió avisar: informar y callar hacen daño por vías distintas.
Guardar el secreto era imposible desde el principio. La vía sana en seguridad - el llamado *disclosure* responsable - consiste en que quien halla un fallo se lo comunica en privado al fabricante, este parchea, y solo entonces se publican los detalles, cuando casi nadie es ya vulnerable. Esa vía depende de una válvula: que el defensor pueda actuar rápido y en secreto antes del anuncio. Aquí la válvula ya estaba estaba rota. Primero, porque quien encontró el fallo no lo reportó: lo explotó - el primer indicio público de que existía fue el propio robo. Y segundo, porque aunque alguien hubiera querido avisar en privado a los afectados, no había a quién: Coldcard es un producto que vende autonomía total, comprable sin registro y sin cuenta, precisamente para que nadie - ni el fabricante - sepa quién es cliente. No existe una lista de usuarios a la que mandar un correo.
Auditoría fallida
Que quien descubriera el fallo fuera un hacker y no un investigador amistoso no es mala suerte del destino: es la consecuencia de cinco años sin auditar a fondo su propio generador de aleatoriedad. El código abierto se vende con la idea de que «muchos ojos hacen que los errores afloren», pero este caso demuestra lo contrario - el código vulnerable estuvo público durante años y nadie miró con la pregunta correcta en la cabeza. La transparencia no audita sola; hacen falta revisiones reales.
Hay, con todo, una cautela en cuanto al daño realmente producido: alrededor del 90 % de las monedas robadas permanece inmóvil y es rastreable en la cadena, lo que abre alguna posibilidad de recuperación o de bloqueo cuando intenten convertirlas en dinero tradicional.
Las monedas sustraídas llevaban de media más de tres años sin moverse: eran ahorradores a largo plazo que creían tener su bitcoin a buen recaudo en frío. Ante la noticia, muchos afectados están devolviendo sus bitcoin a plataformas centralizadas como Coinbase o Binance, los intermediarios de los que la autocustodia pretendía librarles. El incidente los empuja exactamente hacia el sitio del que huían.
La autocustodia en frío elimina los riesgos de terceros y de internet, pero traslada todo el peso de la seguridad a la corrección del código local, y a la propia custodia del dispositivo. Y cuando ese código es abierto, la transparencia deja de ser solo un escudo: es también, si el fallo llega a producirse, el mapa que lo vuelve vulnerable. La caja fuerte no es que se abriera. Es que venía abierta de fábrica, con el plano de la cerradura escrito en el código.